Escritos

La guerra de los cítricos o cómo vender mandarinas en terreno bélico 

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Foto: LosInterrogantes.com 

Los árboles ya dieron sus frutos. Cientos de mandarinas se balancean al compás lacónico del viento del norte. Sin embargo, en aquel paraíso frutal, no hay gente suficiente que pueda consumir la cosecha. Solo hay dos hombres: Margus, el recolector de las frutas, e Ivo, el carpintero que fabrica las cajas. Una pregunta les atormenta: ¿quién querría comprar mandarinas en medio de una guerra?.

Es 1992. En las regiones secesionistas de Osetia del Sur y Abjasia, el conflicto entre chechenos y georgianos se agudiza. Cerca, se escuchan disparos y explosiones y, al cabo de unos segundos, vuelve el silencio a la aldea. Ivo descubre a un soldado checheno con vida y lo lleva a su casa. Los dos amigos se disponen a enterrar a los cuatro soldados que murieron en combate, pero se dan cuenta de que hay un sobreviviente mas, ¡un georgiano!. Ivo decide entonces curar y cuidar en su propio hogar a dos hombres que son enemigos de muerte.

La película coproducida entre Estonia y Georgia y titulada Mandariinid (Mandarinas) es dirigida por Zaza Urushadze. La trama nos transporta a un campo minado lleno de resentimientos. Una humilde casa se convierte en el microcosmos de cualquier otra guerra pasada, presente y futura. Nos lleva al punto de inicio de toda disputa: la falta de entendimiento, para, posteriormente, hacernos mirar cara a cara, vernos en el espejo de nuestros propios complejos e irracionalidades. La cinta posee tanta tensión como distensión y tanta furia como razón; nos ofrece, en la sencillez de sus escenas y diálogos una profunda visión sobre la humanidad.

“Todo en el cine es mentira”, dicen los actores en una de las escenas de la película. Y, por supuesto, tienen razón; pero el nivel de verdad que logran transmitir los protagonistas de esta cinta es admirable. La verdad de vivir al acecho de la muerte, la verdad de un personaje que, fiel a sus principios, desafía los imposibles del destino para vivir bajo sus propios códigos, bajo las reglas del honor y la libertad. Su verdad ordena que nadie mate a nadie bajo su techo, a menos que él mismo decida lo contrario.

El tiempo en la aldea pasa lento, pero no alcanza para lo esencial. No es suficiente para recoger las doscientas mandarinas que Margus debe vender para huir de la guerra, tal y como lo han hecho ya sus coterráneos; tampoco alcanza para conservar la paz. El nivel de suspenso de la cinta, ambientada con una bella obra musical de Niaz Diasamidze, acompaña y le da ritmo a las escenas, permitiendo que los silencios y las miradas alcancen una mayor profundidad. Lo cual nos lleva a apreciar mejor el guión, que contiene frases que por momentos nos quitan el aliento. Sin embargo, la gran virtud del filme reside, sin duda en el trabajo de los actores.

Mandarinas hace un homenaje al humanismo, a la sencillez de la vida del campo y a la soledad, el escenario donde transcurre todo. También es una invitación a contemplar el pasado, no como una sombra de los días presentes, sino como fragmentos de memoria viva, siempre latente en cada mínima cosa: una fotografía, un pedazo de pan, un viejo casete. Por ultimo, también nos incita a alzar la copa y brindar por aquello que reunió a sus protagonistas alrededor de una mesa: la muerte. Siempre latente, y dolorosamente irremediable.


Palenque: oda al movimiento

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 Foto: ‪www.coutausse.com

1969. Un actor natural, analfabeto, llamado Evaristo Márquez, hijo de humildes campesinos, protagoniza junto a Marlon Brando la película Queimada, dirigida por el dos veces nominado al Óscar, Gillo Pontecorvo. Dos años después, un 11 de diciembre, “Kid Pambelé”, que de niño fue lustrabotas y vendedor de cigarrillos de contrabando, gana su primer campeonato mundial como boxeador del peso welter junior ante el argentino Nicolino Locche. Tanto la película como el combate por el título mundial de boxeo, situaron en el mapa a un pequeño pueblo ubicado sobre las faldas de los Montes de María en Colombia, donde nacieron el actor y el boxeador. En aquel territorio se llora a los difuntos durante nueve noches, se toca tambor por derecho de nacimiento y se habla una lengua que es vestigio de un viejo idioma africano. Pero, sobre todo, San Basilio de Palenque es un hito en la historia del fin de la esclavitud al proclamarse como el primer pueblo libre de América.

 En Palenque es ampliamente conocida la leyenda de Evaristo Márquez y Antonio Cervantes “Kid Pambelé”. Todos sus habitantes reconocen que el triunfo de sus coterráneos ayudó a que en algún momento el mundo supiera de ellos, aunque hoy ya no sirva de mucho. Incluso tampoco ha servido que la UNESCO los haya declarado “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad”. Lo cierto es que el pueblo continúa mostrando el mismo atraso de siempre. Sin agua potable ni alcantarillado, con una alta tasa de desempleo y sin infraestructura en salud ni educación.

Es curioso que una de las agrupaciones folclóricas más representativas de Palenque se llame ‘Las alegres ambulancias’, cuando en su propio territorio no existe ni una sola que traslade a los enfermos, viéndose obligados muchas veces a ser llevados al hospital en mecedoras. Además, los únicos tres colegios no cuentan con suficientes sillas para todos sus estudiantes, que deben sentarse en troncos llevados por ellos mismos.

Así es San Basilio de Palenque, un lugar lleno de contrastes. Fue fundado en el siglo XVII por un grupo de cimarrones que huyeron de Cartagena de Indias bajo el comando de un líder llamado Benkos Biohó, para recuperar su libertad en plena época de la colonia. Hoy, a pesar de contar con varios títulos y nombres importantes siguen viviendo en la extrema pobreza, y si han logrado llegar hasta donde están ha sido por conservar muy bien sus tradiciones, su lengua, su gastronomía y cultura, que como cualquier otra manifestación raizal africana, tiene que ver con su increíble talento para el ritmo. Aquí, un homenaje a la herencia rítmica de sus habitantes.

 El tambor

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Foto: martinacamargo.blogspot.com

En la madrugada del primer día del Festival de Tambores de San Basilio de Palenque, músicos, bailarines, cantadoras, turistas y habitantes locales se acomodaron como pudieron en las diferentes casas del pueblo. Luznely de La Hoz, bailarina y tamborera palenquera residente en Cartagena, durmió en una estera en el hogar de una cantante llamada Evarista. Esa madrugada escuchó el eco de los tambores que venían de los Montes de María. Como es bailarina, decía que las caderas se le seguían moviendo solas hasta que por fin pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente, se bañó en el patio de la casa con agua que transportaban en baldes desde un pozo cercano. Aunque tuvo que esquivar a un par de niños curiosos que asomaban sus cabezas desde el callejón vecino, agradeció, por fin, haberse quitado el sudor del cuerpo.

Es bien sabido por los palenqueros que en el pasado los esclavos transmitían códigos cifrados a través del tambor para así burlar los controles del amo. El instrumento ha estado incorporado a la vida diaria de los africanos como un fuerte vínculo con sus orígenes. El tambor es también el último acompañante del moribundo: está presente en el lumbalú, el canto fúnebre de los antepasados. Además, es fuente de ingresos para los habitantes del pueblo: para quien lo fabrica, quien lo toca y quien lo vende. Para Luznely este instrumento “encierra algo profundo y misterioso que los ha acompañado en los momentos más importantes de sus vidas”.

Las antiguas civilizaciones africanas emplearon el tambor para conseguir despertar e incitar a la acción. Para los palenqueros, este instrumento hace posible una experiencia extática, a través de un redoble prolongado que llaman “la voz de los espíritus”. Incluso, consideran que el efecto del sonido lleva a la persona a un estado meditativo y de trance, que produce un nivel de actividad cerebral muy potente, una fuerte conexión con el cuerpo y la mente. Luznely nos asegura, mientras desayuna una sopa “levanta muertos”, que con solo escuchar el ritmo de los tambores “logran entrar en un estado de consciencia alterado y el campo de energía de sus cuerpos se sintoniza con el ritmo del pregón”.

La voz

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Foto: ‪xoomij-xoomij.blogspot.com

La de la foto es Graciela Salgado, cantadora de bullerengue y voz principal de Las alegres ambulancias. Falleció el 14 de septiembre de 2013 en Cartagena a los 83 años de edad. Graciela era hija de Manuel Salgado, más conocido como “Batata”, el principal tamborero que tuvo San Basilio de Palenque, recordado por tocar un tambor enorme, que la cantadora después heredó, y al que llamaban “pechiche”. Ella, al igual que otros grandes intérpretes de música folclórica colombiana, como Totó La Momposina, Etelvina Maldonado o Petrona Martínez, cantó desde que tuvo memoria. Interpretando ritmos como la chalupa, el bullerengue o los fandangos, logró con sus cantos recorrer varios países del mundo al frente de su agrupación.

El nombre Las alegres ambulancias hace referencia al acompañamiento que las cantadoras palenqueras hacen del difunto durante nueve días con cantos, rezos y baile. Por lo cual, la voz de las mujeres de Palenque es muy respetada e importante, pues son, entre otras cosas, quienes lideran las ceremonias de carácter fúnebre del pueblo.

El lumbalú es lo primero que cantan y lloran las mujeres de San Basilio. Este rito funerario evoca al difunto rememorando los orígenes africanos de la comunidad, en particular Angola, la tierra natal de muchos de los primeros cimarrones fundadores de Palenque. Uno de los ancianos del cabildo (la institución política y religiosa más importante de la comunidad palenquera) pregona la muerte de quien ha fallecido para convocar a la comunidad al velorio mediante un toque especial del tambor “pechiche”. Una vez que se ha reunido la gente, se inicia el ritual, en el que se alternan una voz solista y el coro. Las palmas y los toques del tambor yamaró, ejecutado con ritmos y alturas específicas, acompañan el acto, que se caracteriza por conjugar diversos elementos recitativos.

Durante el lumbalú, las mujeres bailan con pasos menudos alrededor del cadáver, ejecutando movimientos de vientre e invocaciones con los brazos; algunas se llevan las manos a la cabeza mientras otras se balancean al compás de sus caderas. Sin duda, una entrañable manifestación de cariño de todo un pueblo para quienes dejan este mundo.

  1. El baile

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Foto: http://www.las2orillas.co/artbo-olvido-ana-mercedes-hoyos/

Ir al Festival de Tambores de Palenque es también entrar en un ámbito en el que, en cada momento se le rinde homenaje al cuerpo. La música y la danza son inseparables para los palenqueros. Siempre que se escuchan cantos y palmas, o los ritmos de un tambor, se puede asegurar que alguien, cerca, está bailando. Una cosa siempre atrae a la otra.

Al igual que en diferentes tradiciones culturales africanas, las danzas populares están íntimamente relacionadas con las fases de la tierra y la vida, (los cambios de estación o el nacimiento y la muerte, etc). Como en el caso del Mapalé, un baile de movimientos frenéticos, propio de la región caribe colombiana, que reproduce los movimientos del pez “mapalé” cuando lo pescan y conserva las características musicales típicas africanas. Aunque muchas danzas se atienen a coreografías definidas, los bailarines realizan sus movimientos con un alto grado de improvisación. Generalmente, utilizando no solo sus pies, sino incorporando movimientos de cadera, cabeza y hombros.

San Basilio de Palenque es un trocito de África en Colombia. Concebir el destino de este territorio ancestral sin el tambor, los cantos o el baile resulta casi imposible. Sin embargo, hoy nada está exento de sufrir modificaciones o desaparecer en un mundo donde la velocidad de los cambios nos sorprende todos los días. Su lengua, el criollo palenquero, está en peligro de extinción, al igual que otros tantos dialectos de diferentes etnias colombianas. “Por ahora nos sigue quedando el ritmo, porque mientras exista el ritmo sigue la vida” dice Luznely de la Hoz, quien se fue llorando del pueblo, no sabemos si de alegría o de tristeza, pues allí, en aquel pedazo de tierra que solloza cantando, se celebra con tristeza al igual que se llora con alegría.


Cine sin techo y sin paredes 

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Foto: https://barcelonawiths.wordpress.com

 

Desde las 6 de la tarde empezó a llegar la gente a la plaza. Poco a poco el lugar se fue llenando mientras el sol se escondía detrás de los alrededores boscosos de Montjüic. La idea del evento sonaba perfecta, lo que íbamos a ver era una selección de algunos de los mejores cortometrajes de la última edición de Mecal Pro, Festival Internacional de Cortometrajes de Barcelona, el cual se desarrolló del 11 de marzo al 19 de abril de este año, con un hilo conductor entre proyecciones que trataría temáticas como terror, sexo o frikis, entre otros.

La Plaça del Baluard, escenario ya típico de Mecal Air, logra que todos los viernes durante este proyecto cultural al aire libre, se unan dos disciplinas amigas: el cortometraje y la música, en medio de un espacio incrustado en la naturaleza sin salir de la ciudad. Así, puedes escuchar pájaros silvestres, respirar el aire puro de la montaña y descansar a la sombra de árboles de más de 50 años de vida a solo unos cuantos metros de Plaza España, uno de los epicentros de la ciudad.

Al llegar a este lugar, reformado en paraíso chill out, te reciben con bebida gratis, patrocinada por Cerveza Moritz, y empiezas a darte cuenta que pasarán más de un par de horas antes de ver la primera proyección, ya que sus organizadores esperan la noche para que la pantalla se pueda ver en todo su esplendor, pero en este

caso, la espera no preocupa. El evento parece estar pensado para disfrutar justamente del tiempo libre, te permite un momento de distención, de fiesta, si se quiere, en donde la música es el eje fundamental de la velada.

9 de la noche. Se apaga la música y sube a la pequeña tarima uno de los creadores del evento, Christoffer Oloffson, quien con un toque de humor anuncia la temática de los cortos para la noche: selección del director. Así se inaugura el primer día de muestras de cortometrajes que se presentarán todos los viernes en el Pueblito Español hasta el 4 de septiembre.

Los cortos tocaron distintas temáticas. El primero, ‘Hijo del metal’, un corto mexicano, muestra las aventuras de un padre que debe cuidar a su pequeño hijo mientras vende camisetas de agrupaciones metaleras en un festival de rock. De allí en adelante, vimos todo tipo de tópicos, unos más conceptuales, que jugaban con figuras y colores que iban dibujando la realidad de la vida contemporánea. Otros, como el corto titulado ‘Calvo’, tocaban el tema del homosexualismo desde un lado poco convencional, a manera de musical, para luego mostrar que lo que realmente importa es cómo te sientas estando al lado de una persona, sea cual sea su sexo, raza o físico. Por otro lado, Amor punk, mi corto favorito de la noche, muestra las peripecias de un grupo de chicos que a pesar de solo tener 13 años pretenden vivir la vida como adultos, pero a la hora de la verdad, cuando la vida te pone zancadas, sale a relucir tu verdadero yo.

En general, la muestra estuvo ambientada por el buen humor. Todos los cortometrajes tenían un toque de picardía, y sacaban las risas de los asistentes. Sin embargo, detrás de esa aparente trivialidad se escondían temáticas serias, asuntos que están hoy a la orden del día y que a veces resultan tan delirantes que un trato humorístico dice más que un tratamiento puramente circunspecto.

La muestra estuvo compuesta por 12 cortos, de tandas de tres con descanso de 15 minutos cada una. Al final todo el mundo salió contento, lo supe por los aplausos y la cara de la gente. Las ganas de seguir la fiesta se sentían en el aire en una ciudad que por estos días se llena de cualquier cantidad de eventos en torno al cine, la música, el arte o la literatura.

El Mecal Air resultó siendo un evento arriesgado, provocativo y fresco. Tal y como uno de sus directores, Roberto Barrueco, lo definió en una entrevista. El programa le ofrece al público la sensación de estar en un evento híbrido donde se respira aire de música y de cine, por el hecho de poder moverse entre película y película. Cortometrajes de animación, humor, terror, anime y sexo. Una mezcla heterogénea para un evento que en esta séptima versión parece crecer en asistentes.


La rebeldía del rosa       

pink                     Foto: http://kenkyushiryo.deviantart.com

¿Saben cuál es el problema del verde o el azul? Que no son rosa. El cielo tiene un color errado, el césped también. Los árboles y las hienas, los elefantes, las peras y un sin número de etcéteras no encajan en la realidad de mis 7 años.

Lo supe en 1994, 30 años después de que se estrenara por primera vez en un cine de Nueva York el cortometraje que marcaría mi infancia para siempre. En el corto, un felino alto y delgado de color rosa ve con curiosidad a un pálido y narizón personaje que pinta de azul las paredes de una casa. La situación no tarda en cambiar. ¡La batalla por el color ha comenzado! y no acabará hasta que todo alrededor esté inundado de la presencia, el ingenio y por supuesto el color de aquel animal.

Así descubrí a La Pantera Rosa. Un simpático personaje que se reía del mal ajeno en la medida justa, que se contoneaba campantemente al ritmo de jazz y hacía de su mundo un auténtico paraíso rosado donde los problemas abundan, pero nunca falta la perspicacia para salir de ellos.

El nacimiento de la serie surgió por casualidad. Imaginen por un momento que un “extra” de una película termina teniendo mayor éxito que el protagonista de esta. Algo así fue lo que ocurrió, cuando, le encargaron al caricaturista Friz Freleng dibujar un personaje animado para los créditos de la cinta ‘The Pink Panther’, dirigida por Blake Edwards.

Tras el estreno de la película la Pantera de Freleng se robó el show. apareció en la portada de la revista Time, y al año siguiente ganó un Oscar en la categoría Mejor Corto de Animación. Ese aire de rebeldía que lo rodeaba, donde lo demás era secundario, o un simple complemento de su presencia en el mundo, logró encantar a un público deseoso de cambios en el contenido audiovisual.

El Show de La Pantera Rosa no habría podido escoger un momento más oportuno para aparecer en escena. Su personalidad iba acorde con la rebeldía de los años 60: era astuta y su figura elegante recordaba a los miembros de la generación beat. El mundo estaba fascinado con un personaje fresco y atrevido que no dejaba pasar una sola oportunidad para demostrar su espíritu provocador.

En sus más de 50 años de vida, el personaje rosado ha pasado por muchas etapas, siendo la actual la más alejada de su encanto original. Sin embargo, sigue siendo una de las caricaturas más representativas del siglo XX. Ya sea por su estilo visual, único, simple y elegante, por su humor sofisticado o por la inolvidable música característica de la historia compuesta por el célebre Henry Mancini. Lo cierto es que el público ha mantenido vivo el recuerdo de la Pantera original, y quienes la seguimos, continuamos rememorando las primeras temporadas con el mismo entusiasmo de la primera vez, incluso cuando, como en mi caso, la hayamos conocido en las repeticiones emitidas en los 90’s.

Recuerdo estar rodeada de calabazas cuando la vi por primera vez. Era Halloween y contaba cuántos bombones, gomitas y chupetas había recogido. Por momentos así es estupendo remitirse al pasado. Y descubrir cómo una serie engrandece cualquier instante de la vida. Mientras quiera seguir volviendo a aquella sala, seguiré aplaudiendo el espíritu de una pantera que cambió para siempre el significado de un color.


La máquina del porvenir o las invenciones del pasado

JUAN TREJO GANA EL X PREMIO TUSQUETS DE NOVELA CON

Foto: http://www.laregion.es

Trejo, Juan. (2014). La máquina del porvenir. Barcelona: Tusquets Editores. 456 pags.

En La máquina del porvenir de Juan Trejo como en las películas de carretera, lo importante no es la revelación de un destino final sino lo que el trayecto va revelando al protagonista. La novela se sitúa a partir de un viaje que hace el personaje central, Óscar, quien llega a Berlín a reconocer el cadáver de su madre a quien no veía hace 10 años. Un profundo vacío existencial hace que Óscar emprenda un recorrido hacia diferentes destinos del planeta en busca de reconstruir la historia de su pasado familiar. La historia lentamente va desenmarañando una suerte de conflictos emocionales a través de tres generaciones de una misma familia atraídos por la misma ambición: la construcción de un artefacto que anticipe el futuro.

 La idea de los viajes a través del tiempo ha estado muy presente en la ciencia-ficción. Películas como ‘Back to the future’ (R. Zemeckis, 1985); ‘Star Trek’ (J.J. Abrams, 2009); o más recientemente ‘Midnight in Paris’ (Woody Allen, 2011), entre muchas otras, dan fe de la obsesión de la cultura popular por el futuro. Sin embargo, La máquina del porvenir, si bien contiene diferentes elementos de la ciencia ficción, no es propiamente una novela de este género. Se trata de un juego que el autor propone al lector para finalmente acabar hablando de otras cosas, es un pretexto para mirar al pasado y encontrar aquello que nos define como individuos y que ha determinado lo que somos hoy.

 Algo que nos asalta mientras vamos leyendo es una desoladora sensación de soledad, aquella que experimentan los personajes principales al sufrir diferentes tipos de abandono a lo largo de su existencia. Por medio de estos personajes, perdidos en su propio presente, Juan Trejo reivindica la ficción en tiempos donde la híper-realidad nos sobrecoge, mostrándonos un artefacto que lejos de predecir el futuro nos vuelca una y otra vez al pasado y donde lo importante es creer lo que estemos dispuestos a contarnos.

Si bien en la novela de Trejo las referencias literarias y cinematográficas provenientes tanto de la literatura tradicional como de la llamada cultura pop van definiendo a los personajes, el libro pierde un poco de fuerza por su excesiva utilización, al igual que la extensión de algunos capítulos que bien podrían contarse en menos páginas sin perder profundidad o tensión a lo narrado. Quizás una de las cosas que creo le faltó al libro tiene que ver más con lo que le sobra.

 La máquina del porvenir es un libro que nos hará reflexionar hasta qué punto vivimos en una única realidad o en una que toma matices particulares de acuerdo a las vivencias personales de cada cual. Así, somos los libros que hemos leído, las películas que hemos visto, la música que hemos escuchado y en definitiva somos también invención, esa es la idea que deja Trejo en su escrito, la idea de soñar y reinventarnos, de creer que algo bueno puede venir a pesar de nuestras propias cargas del pasado.


Perfect lovers, retratos de amor en la era del sida

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Foto: www.libreriacomplices.com 

Una exposición instalada en la Fundación Suñol de Barcelona, visibiliza la actualidad del VIH y propone un diálogo entre el espectador y los protagonistas de las obras, muchos de ellos ya desaparecidos por la enfermedad.

 Un lirio blanco ubicado en la mitad de un gran ramo de flores rojas nos recibe en una de las salas de la exposición. Se trata de una obra del holandés De Rooij, quien decidió usar esta flor blanca en referencia a otra de las obras que aparece en la sala, una fotografía de Robert Mapplethorpe tomada en 1984. El jarrón de flores está alineado junto a otras tres fotos en blanco y negro donde una serie de “amantes perfectos” coexisten entre la luz y la oscuridad.

 La exposición ‘Perfect lovers: arte en tiempos de sida’ fue creada en 2006 por el escritor y coleccionista de arte contemporáneo Han Nefkens, seropositivo desde 1987. La muestra, que estará abierta al público hasta el 24 de enero, está organizada junto a la Fundació ArtAids con el fin de visibilizar a través del arte las problemáticas que aun hoy enfrentan las personas infectadas con el virus.

 Algunas de las fotografías exhibidas son tomadas a gente descansando en habitaciones de hoteles, parejas besándose o haciendo alguna acción cotidiana, permitiéndonos entrar a un pequeño instante de su intimidad. Muestran esa vulnerabilidad de la condición humana, haciéndonos entender que una enfermedad como el VIH no necesita más ojos que aparten la mirada. Solo en España más de 130.000 personas están infectadas y aun así las políticas de prevención son cada vez más pobres.

Obras de artistas como Nan Goldin, Peter Hujar, Robert Gober, Derek Jarman, Félix González-Torres, Pepe Espaliú, y General Idea, entre otros, juegan con diferentes técnicas como la escultura, fotografías, instalaciones y vídeos, reflejando varias miradas sobre el VIH, una enfermedad que aun hoy cuenta con una alta discriminación y prejuicio social, siendo éstos los verdaderos obstáculos para la prevención.

El título de la exposición está inspirado en una obra del artista cubano Félix González-Torres, una instalación de dos relojes idénticos de pared sincronizados exactamente a la misma hora hasta que uno de los dos se detenga para siempre. Esta obra se convirtió desde principio de los años 90 en un símbolo de la enfermedad, reflejando a dos personas que se aman y que esperan sincronizar sus vidas hasta que el tiempo haga inevitablemente lo contrario.


Noche en blanco con Carmen Bastiàn

CARMENBASTIAN

La obra Carmen Bastiàn de Marià Fortuny hizo noticia gracias a su incorporación en la colección permanente del Museo de Arte de Cataluña. ¿Qué hace tan especial a esta obra de Fortuny oculta durante casi un siglo?

En plena revolución española, en 1868, un bohemio llamado Marià Fortuny, llegaba a Granada. Sin saberlo, haría una de las obras más enigmáticas de su carrera: Carmen Bastiàn. Una pintura que provocaba por aquella época los cánones de la poética clásica.

 El artista catalán, había pasado una temporada en Marruecos como cronista gráfico, lo que le ayudó a descubrir otra cara del norte de África. Deslumbrado por la luz, las planicies abiertas, y los mismos habitantes, Fortuny se fue liberando de convenciones y academicismos para dar paso a otro momento artístico en su carrera.

 Imagino el instante en que vio por primera vez a la hermosa Carmen Bastiàn, quien por aquella época rozaba los 15 años. Una gitana granadina que se convertiría en una musa con nombre propio para él. Era una época de crisis política y económica, justo como la que ahora vive España. Habían protestas por las calles en lo que se conoció como la “crisis de la subsistencia”. Por otra parte, los gitanos vivían una realidad muy apta para ser convertida en seductoras pinturas. Sus coloridos trajes, llamativos accesorios y un ambiente atmosférico lleno de luz y color, hacían de ellos una pieza visual interesante para el artista de la época.

Durante los años que Fortuny vivió en Granada, acudía casi a diario al Albaicín, antiguo barrio árabe ocupado por gitanos que habitaban en cuevas. Fue allí donde conoció a Carmen Bastián. Quizás la vio con el rostro a media luz dentro de alguna de esas cuevas, quizás la vio bailando, tal y como más adelante la pintaría en su obra Bohemia bailando en un jardín, donde posa ante una pared encalada típicamente andaluza mientras una pareja canta en un banco a su lado. No sabemos cómo la conoció, pero lo hizo, y gracias a ese encuentro hoy podemos apreciar una pintura deliciosamente dibujada y descaradamente inquietante.

 En la pintura, Carmen aparece tumbada en un sofá inacabado de pintar por el artista, el cual se concentra en la expresión alegre de la joven con mejillas rosadas. Ella levanta su vestido dejando ver su sexo y sostiene un abanico en su mano. La luz baña la escena de una habitación sencilla con una gran puerta verde pastel minuciosamente cerrada. Se puede apreciar que es una mujer joven, se puede ver también que ella disfruta estar allí.

Se rumoreó que Carmen fue la amante de Fortuny, algo que nunca se pudo constatar. Lo que sí es cierto es que Fortuny le dedicó varias pinturas, pero solo ésta en particular, la cual es especialmente erótica, le puso su nombre. Algo que no hizo con ninguna otra mujer que apareciera en sus obras.

 Al abandonar los Fortuny la ciudad de Granada, Carmen se trasladó a Madrid donde se ganó la vida como modelo profesional gracias a un acuarelista inglés. Uno de sus hermanos viajó a la capital de España para llevarla de vuelta a la ciudad andaluza, propinándole una fuerte golpiza. El inglés la abandonó y Carmen se suicidó.

La década de 1870 fue la última del pintor, quien murió en Roma en 1874 a causa de una úlcera mal tratada. La historia de Marià y Carmen parece inacabada, tal y como el artista dejaba a propósito muchas de sus obras, trozos de muebles sin pintar, esquinas de sus pinturas sin trazo. Quizás así sea la vida misma, momentos mejor dibujados y detallados que otros, momentos de mayor ambigüedad y otros que simplemente nunca se terminan de dibujar a lo largo de nuestra existencia.

 A la muerte de Fortuny, esta obra, inacabada como muchas otras del pintor, se encontró en su taller de Roma. La pintura permaneció en manos de la familia Madrazo, y fue vendida a finales de la década de 1980. La primera vez que se vio públicamente fue en una exposición dedicada al artista en 1989.

Hasta entonces, no se hizo referencia a la obra en ninguno de los numerosos artículos o libros publicados sobre Fortuny, ni tampoco se habla de ella en el epistolario familiar. Es sin duda un acierto que Carmen Bastiàn hoy se encuentre dentro de las 27 pinturas, los 2.170 dibujos y 170 grabados de la obra de Fortuny en el MNAC.


La Barcelona underground: doce historias bajo tierra

Redacción por Claudia Ávila, Muriel Campistol y Elizabeth Galán.

Hitler se suicidó junto a su mujer en un búnker; el protagonista de El ciempiés humano 2 trabajaba como guardia de seguridad en la cabina de peaje de un aparcamiento antes de convertirse en cirujano y V estableció su guarida, la Galería de las Sombras, en una antigua estación de metro. Pero esto no es Berlín, ni Londres, ni cualquier otra ciudad británica, es Barcelona. Aquí, las ratas y las cucarachas son los grandes colonizadores del subsuelo. Se sotierra todo aquello que no gusta o no cabe en la superficie. El crecimiento decimonónico de la ciudad se desarrolló hacia arriba y hacia los lados. Debajo del pavimento, muchas de las posibilidades están todavía por explorar. Decidimos ir en busca de aquellas que nos guiñan el ojo.

Como Beatles en Indra Club 

1                          – Sidecar Factory Club – Plaça Reial, 7. –

 El encanto de las salas pequeñas lo ponen los grupos poco conocidos. Los mismos Beatles debutaron en el sótano del local Indra Club. Al igual ocurre en el de Sidecar Factory Club, donde tocan bandas todavía no famosas pero que tienen un grupito de fans que bailan alocados cada canción. Incluso se saben la letra, por extraña que sea.

 El ambiente es cercano. Una chica intensifica el baile celebrando que las miradas esquivas de los cantantes se rozan con la suya, pero en realidad no es así. Cree que el cantante la está mirando, cuando lo más probable es que el artista esté temiendo quedarse en blanco mientras los focos les ciegan.

Estrechéz imaginaria

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                                                            – Refugio antiaéreo 307 – Nou de la Rambla 169 –

 Todo sobre el Refugio Antiaéreo 307 es complejo, incluso la entrada al lugar, la cual debes reservar con previa antelación si no quieres subir una calle larga e inclinada al estilo “montjuic” sin ninguna recompensa.

Antes de ingresar a los túneles con capacidad para dos mil personas, sus guías te hacen entrar en “situación”. Debes imaginar que allí tendrás solo tres horas de oxígeno, 3 lavabos para hombres y 3 para mujeres que consisten en un agujero en el piso. Además, deberás seguir las normas en tinta roja de las paredes, donde una de las cosas más importantes es no hablar ni de religión, política o fútbol. Seguro que eran difíciles de cumplir, por no decir imposibles.

El refugio está ubicado en una zona cercana al puerto, lugar donde Barcelona vivió un infierno en la época de los bombardeos. Una vez acabada la guerra sirvió para otros propósitos; uno de mis favoritos fue el que le dio una familia andaluza, quienes convirtieron el refugio en su hogar, donde incluso, instalaron una chimenea para darle un toque más acogedor y hogareño al recinto.

Recorrer los túneles mientras escuchas al guía es una experiencia que particularmente me dio ganas de salir corriendo, no solo por los horrores que oyes de aquella época, sino porque es realmente angustiante la experiencia de estar “encerrado”, y encontrarte con tu más reciente descubrimiento hacia la claustrofobia. Cálida y angustiosa claustrofobia.

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar: Yeeess barbers

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                                                                     – Barbería subterránea – (Balmes, 86) –

10 euros, precio único. A pie de calle, un poste de barbero sobresale de la fachada. Esa señal de rayas helicoidales con los colores de la bandera estadounidense que tiene su origen en el medievo, cuando los barberos eran también cirujanos y representaban sus servicios con vendajes sangrantes enrollados alrededor de un poste, me provoca cierto rechazo por evocarme al diabólico Sweeney Todd y otorgar un aura añeja al local. Pero, ya sabemos, lo vintage está de moda. También las barbas. Desde la ventana que da la calle Balmes se vislumbra un mural de cómic y luces de neón a modo de espadas láser. Me decido a entrar. Soy la única mujer. Los servicios ofrecidos por Yeeess barbers son exclusivos para hombres: afeitados, cortes, coloraciones, tratamientos. Ramón e Iván regentan la barbería. Van tatuados y llevan piercings y alguna parte de la cabeza rapada. El trato con los clientes es amistoso. Por eso repiten.

Siete Pecados Capitales

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                                                           – Librería Negra y Criminal – Carrer de la Sal, 5. –

 Lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia. Entro en el establecimiento y una Barbie sonriente me apunta con una pistola. Tras de sí, cuelgan cuerpos de criminales etiquetados según porqué son culpables. La novela negra se toma la justicia por su mano ante los 7 Pecados Capitales en la Librería Negra y Criminal.

 La decoración me siguió atrapando hasta que sin darme cuenta caminaba sobre unas alcantarillas que dejaban el suelo estable mucho más abajo de mis pies. El vértigo me hizo ir hacia atrás. “Te veo sorprendida, ¿has descubierto la escena del crimen?”, me preguntan entonces. Vuelvo a mirar: la silueta de un asesinato y el arma homicida. Abandono el miedo a las alturas y me quedo con el misterio. El sótano abre interrogantes.

Banas reflexiones

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                                                                Vía sepulcral romana – Pl. De la Vila de Madrid –

 La Vía Sepulcral Romana me recuerda al amor por las cosas desgastadas, en ruinas. Quizás por esa razón volví tantas veces con quien no debía, pero bueno, así es la vida, llena de matices, que con el tiempo se van convirtiendo en algo realmente excepcional, (si lo miramos con la luz adecuada).

 Mi visita a la Vía Sepulcral Romana me dejó con muchas preguntas. Sobre todo de esas que no tienen nada que ver con nada como ¿porqué te duelen tanto los pies cuando compras zapatos nuevos? o ¿podré algún día creer en la reencarnación? En fin, son pensamientos que pasan al instante. Lo importante es que no debes dejar de ver este lugar lleno de magia ubicado en medio de una plaza comercial llena regularmente de turistas. Se agradece poder despejar tus ojos del caos citadino y reflexionar así sea por un momento, y claro unas reflexiones serán mejor que otras pero al fin y al cabo es reflexionar.

Reminiscencia médica

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                               – Sala Hipóstila del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo – Carrer de Sant Quintí –

 Ya no huele a asepsia, la proyección sobre una pared de una enfermera empujando en slow motion a un paciente en silla de ruedas es la única reminiscencia del uso médico que un día tuvieron los sótanos del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo. Por cercanía, el conjunto modernista ideado por Domenech i Montaner construido entre 1902 y 1930 queda eclipsado por las torres totémicas y las grúas fotografiadas que constituyen la Sagrada Familia. Pero si los doce pabellones fueron declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1997, algo tienen. Acostumbrados a la monocromía de la mayoría de hospitales, el ladrillo rojo, el hierro, los mosaicos de cerámica azules, amarillos y naranjas y demás materiales debieron pasar por el filtro psicodélico la estancia de los pacientes en el hospital. Pero a lo que vamos, las galerías subterráneas establecieron una red de conexión de más de un kilómetro entre pabellones que además de conducir las instalaciones de gas, vapor, agua y electricidad, facilitaban los servicios internos del Hospital como el traslado de enfermos, la distribución de comida y, en casos excepcionales, el paso de carruajes –sí, caballos dentro de un hospital–. Desde el Vestíbulo Principal del edificio donde empieza la visita se accede a la Sala Hipóstila. Las numerosas y chaparras columnas unidas por arcos decorados con cerámica que sostienen bóvedas dan nombre a este espacio de 465 m2 de superficie. Ladrillo rojo y el verde y blanco rigurosos. Fue un lugar de paso hasta los 90, cuando pasó a acoger los boxes que lo habilitaron como servicio de urgencias. Ahora tienen lugar en él cócteles, cenas y otros actos. Y entretanto los visitantes transitan la sala para acceder al jardín.

 Pretexto para hablar de otras cosas

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                                 – Depósito subterráneo de agua Parque Joan Miró – Carrer d’Aragó, 2 –

 No ha habido nada más difícil en mi corta vida de fotógrafa frustrada que tomar fotos en un depósito subterráneo de agua. Imaginarán el por qué. Todo es demasiado obscuro, demasiado inhóspito, huele demasiado feo y ni hablar de la humedad que te hace estornudar 20 veces a la vez sin poder evitar ni uno de ellos. Sin embargo, esta visita me dejó un buen sabor de boca, y es justamente porque el depósito se encuentra debajo de un parque que me gusta mucho: el Parque Joan Miró. No es el más bonito de Barcelona, ni el del rincón más encantador o el más de “moda”, pero tiene ese “no sé qué no sé dónde” que me hace sentir tranquila y en paz.

 Barcelona es una ciudad tan turística que agradeces cuando te encuentras un lugar así. Un espacio que no atrae demasiado a la gente pero que a tus ojos tiene tan buena vibra que simplemente lo prefieres por encima de, incluso, el Park Güell o el de la Ciutadella. Si bien este subterráneo es el típico frío y desolado lugar del subsuelo, siempre puedes salir de el y rápidamente estar en un lugar que te reconfortará en un santiamén.

 BunkerType o el búnker entintado

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                                                                – Imprenta subterránea – C/hurtado, 27 –

Por las más que reducidas dimensiones de los peldaños, creía que descendíamos a un zulo. Jesús Morentin, el dueño de BunkerType, me contó que empezó en 2009 en el sótano de su casa: 8 m2 que luego amplió a 16 m2 y que también acabaron siendo insuficientes. Ahora sigue trabajando debajo de donde habita, pero en un taller que resultó de unir ocho trasteros. Sin provocar claustrofobia, el lugar, paredes incluidas, está abarrotado de tipos móviles, lingotes, impresiones. Todo para la experimentación tipográfica que cristaliza en obras que Jesús vende por internet. Su método artesanal de trabajo y su material son propios de imprentas centenarias y su moderna visión, la de un diseñador gráfico. Me sorprendo pensando en Gutenberg y en gafapastas que asisten a Elisava, donde, por cierto, Jesús imparte clases. Trabaja solo y aislado. El lema que empapela los muros reza “Think fast, print slow!”. Únicamente el hambre le advierte que el tiempo también pasa ahí abajo.

Oda a la catedral

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                                                    – Cripta de la catedral Santa Eulalia – Pla de la Seu, s/n. –

 Lo primero que hay que decir es que si decides visitar la cripta no vayas en horas laborables. Te cobrarán 7 euros y además no podrás entrar, ya que, de hecho, nunca la abren. Eso si, las rejas que nos separan de ella son preciosas.

 Durante la misa, la catedral de Santa Eulalia se convierte en un santuario para dos tipos de personas, primero para las que van a orar, y segundo para los que, como yo, van a adorar su majestuosa arquitectura. Debo confesar que da un poco de vergüenza tomar fotos como una demente mientras a tu lado una viejecita se persigna y te mira con ganas de pegarte, pero vale la pena, todo mientras sea en nombre del amor por el arte vale la pena.

Videojuegos con arquitectura

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                                                – Subterráneos del Palau Güell – Carrer Nou de la Rambla, 3-5 –

“Peligro. Se oyen cascos pisando el empedrado. Ya es muy tarde para esperar a alguien de la casa y este caballo no suena a recién herrado, así que el guarda de las caballerizas se extraña y pone más aceite en la lámpara. Quiere estar preparado, ver bien al que se acerca, según indica el eco que se va expandiendo por el sótano. Las columnas son gruesas, tanto como él, y lo ocultan, pero no será suficiente. Tan solo tuvo que mirar por el rabillo del ojo para darse cuenta de que la muerte estaba cerca. No necesitó más que un segundo para distinguir la insignia de los Assassin”.

 Esta escena propia de videojuego me vino a la cabeza cuando estuve en las cuadras subterráneas del Palau Güell. La tenue luz y los sobrios ladrillos transportan a otra época, en contraste con las obras de corte más modernista que definen al arquitecto. ¿Cómo resistirme a imaginar que estoy dentro de Assassin’s Creed?

Fuera de Órbita: el Io

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                                                                                                – Órbita / Io –

 Tras varios intentos fallidos de dar con la dirección del local a través de internet, Javier me la manda a mi teléfono. Bajo a tientas unas escaleras mal iluminadas por una luz roja, quizás algo menos roja y más rosa que la del Manchester. Pero esto nada tiene que ver con el Manchester, las únicas coincidencias son algunas canciones que suenan de fondo. Un sótano con dos zonas: a la izquierda, lo convencional de cualquier bar una barra y unas mesas y sillas y algún mueble, a la derecha, la que parece una zona de juegos para adultos: una cama, un potro, una camilla, manillas y más artilugios a los que dar uso las noches de los viernes y los sábados. Esto antes era un almacén de vestuario de teatro. Desde hace dos años y poco, Javier y su mujer, Domina Kass, lo convirtieron en un club social. “El Io no es un lugar sadomasoquista, son cuatro paredes, un montón de muebles, algo de vestuario, un montón de juguetes y un sitio agradable donde la gente encuentra un refugio donde jugar en un ambiente de seguridad y de confianza” relata su propietario. Aunque el BDSM, siglas de bondage, disciplina, y sadismo y masoquismo, constituye la base de las prácticas que se llevan a cabo en el local, el IO ha acogido a los mejores atadores japoneses, performers, exposiciones de fotografía y de pintura y presentaciones de revistas. No quieren a intrusos, ni husmeadores de un día que rieron con 50 sombras de Grey. En un lugar con alma, como lo define Javier, repite a la gente: “No hayas hecho algo que desearías no haber hecho y no te hayas quedado con las ganas de hacer algo te hubiera gustado hacer”.

 Solo con hielo

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                                                     – Campari Milano Jazz Bar – Ronda de la Universitat, 35. –

Suena Jazz. Campari Milano es un bar elegante donde todo el que está sentado en sus mesas redondas parece tener una cita importante. Quien está más comprometido esta noche es el hombre que se toma un whisky solo con hielo en la barra. Tiene horas consigo mismo. Y es que un local al estilo de los años 40 es el lugar perfecto para retratar esa escena propia de cine, pero también para ordenar tus ideas cuando el mundo no te entiende. Al final, resulta que al mundo no le importas, pero siempre puedes pedirte otra copa.

Fotografías: Claudia Ávila, Muriel Campistol y Elizabeth Galán.


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